Día de Muertos

El día de muertos, como le dice la mayoría de la gente que no entiende su verdadera naturaleza, es la noche en la cual el mundo del día y el de la noche se interceptan en la más delgada ranura de sus dimensiones, muchas cosas cruzan al mundo del día y viceversa. Una de ellas son algunas enfermedades, virus que mutan en ésta dimensión convirtiéndose en terribles padecimientos que chocan en la inverosimilitud de la elocuencia humana. Uno de estos padecimientos fue incorporado en mi cuerpo la noche de muertos. La noche que experimenté ser uno de ellos.

Mi alma y mi espíritu decayó de sobremanera al  caminar por aquella oscura calle. Sin vida. El pan de muerto cayó al suelo, se ensució en un charco de lodillo, el aire transportó mi grosería por toda la calle, la bolsa de papel absorbía poco a poco el agua sucia y el pan se ablandaba en la mugre del suelo, mi mujer se enojaría mucho, mis hijos se entristecerían, tendría que comprar más pan de muerto, ojalá que todavía haya en la panadería. No pude agacharme a recoger aquella masa inservible ya que un dolor agudo penetró mi espina dorsal; no sabía de donde había venido y tan repentina su llegada fue la perpetuación de su desvanecimiento. Aquella sombra que me propició de su maldición  cabalgó hacia la oscuridad de la noche, desintegrándose antes del amanecer.

El dolor de cabeza más grande que jamás me imaginé surcó las neuronas de mi cerebro, agitadas por el dolor empezaban a morir una por una, podía sentirlo, se extinguían así como también mis facultades humanas pero… no moría, lo que me pasaba podía matar a cualquiera pero algo dentro de mí afectaba el impulso de la muerte, algo que se multiplicaba; mis neuronas eran sustituidas por otras, unas que se encontraban dentro de mi sangre, impuestas por aquella sombra.

En poco tiempo ya no era yo, lo que había quedado de mí se extinguió como la luz de la luna al ser tapada por aquella nube nocturna. Mi vista se nubló y se volvió a aclarar, la noche ya no era oscura para mí, era roja; mis dedos se agrandaban de momento en dolorosas contracciones; mis uñas cambiaban de color y de tamaño; me sentía como un animal que lo único que tenía en mente era ese olor dulce que emanaba de aquellos seres que en la distancia vivían sus vidas con suma tranquilidad. Los hijos de Dios.

Ya no era uno de ellos, no sentía miedo, dolor o remordimiento. Mi transformación estaba casi completa sólo faltaba lo que me sacara de ser un humano. Corrí calle abajo, calles desiertas, no había nadie fuera a esas horas de la noche. Me sorprendí a mí mismo al ver la agilidad con la cual mis piernas respondías, soy realmente rápido, una neblina se fue acumulando muy baja, tapaba mis pies que no era más que garras y piel desprendida, agarrada aún de aquellos tendones que tiempo atrás me dieron la movilidad de los dedos. Seguí corriendo por no sé que tiempo

Mi razón claudicaba a la locura con mayor rapidez a cada minuto pero aun así las calles solitarias y oscuras mostraban destellos de recuerdos en mi mente, recuerdos que se hacían densos e indistinguibles como la neblina que, como manto, cubría las calles del pueblo. La noche de Todos los Santos mostraba las últimas horas por lo tanto la oscuridad era impenetrable, no para mí.

Seguí mi camino por senderos aparentemente conocidos, algunas luces de autos pasaban alumbrando, el motor rugía pero mis oídos no podían captar nada salvo aquel zumbido parecido a la estática eléctrica captada por una bocina.

Las puertas y paredes ya no eran una barrera, romperlas era más fácil, más satisfactorio. Rompí una, no sabía por qué había elegido esa, la puerta de madera cedió ante solo un golpe; las astillas volaron en todas direcciones, el concreto crujió y se desprendía del suelo levantando una espesa capa de polvo contagiando el ambiente frio. Entré. La luz me lastimó por un momento los ojos, me los tapé con lo que alguna vez fueron manos que tocaran, agarraran e hicieran las más hermosas caricias, no más, ahora sólo servirían a un único propósito: el de saciar mis instintos, fueran cuales fueran, aún lejos de toda ética y moral humanista, eso ya no existía para mí.

Un pequeño dolor que, minutos atrás no era más que una molestia, se había convertido de repente en un sufrimiento indescriptible, por dentro me destruía, más que hambre era maldad que transformaba toda mi naturaleza, despedazándola poco a poco. Al igual que el dolor apareció de repente, la solución se discernía en mi mente; sabía cómo detenerlo. Dios, por qué de esa forma tan errática a las leyes que forjaste; pero, estas leyes no fueron hechas por él sino por sus enemigos.

Mis ojos desorbitados buscaron alrededor de la destruida habitación, era una casa agradable, yo hubiese querido vivir allí antes de convertirme en lo que soy. La luz perfectamente iluminaba con su calidez los rincones más escondidos de la vivienda, eso me molestó de sobremanera. Lancé un alarido lleno de rabia y odio. Al escucharlo toda mi columna vibró de emoción. Los cristales de las ventanas temblaron, estuvieron a punto de hacerse añicos. Busqué y busqué. Al fin había encontrado lo que buscaba, estaban allí temblando entre dos camas, las aparté de un golpe.

Nuestros ojos se cruzaron, el miedo era lo único que podía ver florecer en sus adentros. Las lágrimas saladas escurriendo sobre sus mejillas produjeron en mí una sensación de escalofrió y emoción, mis afiladas garras negras, que alguna vez fueron dedos cariñosos dadivosos al placer, tomaron una gota a media mejilla, la probé. Salada. Sin fijarme hice un pequeño corte en la tierna carne de ese infante, una gota grande de sangre roja salía de un agujerillo doloroso. Él iba a limpiarse, lo detuve, su mano temblaba dentro de la mía, lo solté un segundo después, con la misma garra tomé esa gota de sangre que ahora escurría hacia su boca que se agitaba de miedo en una mueca de terror. La sangre cayó obediente en mi poder, me la acerqué a la boca, mi lengua la rozó. Una corriente eléctrica se hizo presente en todo mi cuerpo, retrocedí un paso. Era lo más delicioso que hubiese probado, ese sabor metálico se multiplicó en todo mi paladar, quería más, quería probar toda la que aquel niño contuviera dentro.

Acerqué mi oreja a su pecho, podía escuchar cómo su corazón trasportaba ese maravilloso néctar a todos los rincones de su cuerpo. Ya no escuchaba nada, aquellas dos criaturas empezaron a llorar de forma estrepitosa, la más joven abrazaba un conejo azul, se lo quité y lo destrocé en mis manos, un grato error al ver que eso provocó los llantos aún más fuertes. Me llevé las garras a mis oídos, no soportaba más aquellos ruidos, debía de silenciarlos, esa sangre deliciosa.

De un manotazo los callé, el preciado líquido fluía repetidamente de sus heridas. Sus caras ya no eran reconocidas, los miré por un momento, mi cara se ladeó un poco para tratar de recordar sus pequeños rostros. En ellos no quedó nada que me recordara quienes eran antes de aquel fuerte golpe. Ni el conejo azul, ni sus caras, ni sus ropas manchadas, únicamente ese preciado líquido rojo.

Me incliné hacia los cuerpos inertes, empecé a lamer el suelo, la sangre todavía fluía de ellos, una vez que estuviera limpio comencé con sus cuerpecitos, la sangre estaba caliente, su sabor metálico me deleitaba, me gustó ensuciarme las garras, se escurría de ellas tal cual agua, me manchaba el pelo, lo lamía. El dolor atroz se había esfumado de repente, con sólo probar el sabor de aquel néctar que mantenía con vida los dos seres. Mi medicina. Tan placentera. Me acerqué un poco más a la herida que había privado de la vida de los niños, enterré más mis garras y agrandé los agujeros, manaba profusa y oscura, más caliente y deliciosa. Me bebía su vida. Pegué mi quijada contra los agujeros que, como fuentes, daban su fluido a mí. Comencé a succionar con desesperanza. Se acababa la sangre a cada succión. La última gota. Ya no había nada.

Un grito seguido de un ruido sordo se escuchó atrás de mí. Una mujer estaba de pie, con las piernas temblándole y las manos en la boca, sus ojos desorbitados veían a lo que, seguramente, eran sus hijos tirados sin vida en el frio suelo. Me incorporé en toda la altura que me fue posible. Caminé hacia esa mujer, mi sed estaba saciada, mi dolor ya había desaparecido y mis sentidos volvían a la normalidad, a aquella normalidad de animal que había surgido en mí, a pesar de eso sabía que era peligroso mantener con vida a su madre. Pisé restos de comida, seguramente compradas por ella. Me detuve a pocos centímetros de su cara, podía sentir su cálido aliento a café caliente, exhalé, ella dio una arcada de asco al oler mi hálito con sabor a sangre.

La tomé por el cuello, me impresionó lo poco que pesaba. Levanté mi brazo con ella. Sus pies flotaban a varios centímetros de la sucia superficie. Su cara estaba fría, eso comprobaba que apenas había entrado a la casa, por eso no había escuchado los gritos de sus hijos. Apreté un poco más, sus ojos se pusieron en blanco y su piel roja, manoteaba, pateaba, no podía soltarse. Pronto moriría.

Trataba de articular alguna palabra antes de morir, fui considerado, solté un poco mi mano y dijo: – ¿Por qué lo has hecho, Ricardo? – La solté. Retrocedí, miré mis manos ensangrentadas.

Un golpe me despertó, agarré a mi agresor, era el conejo azul de mi hija, su peluche favorito.

Su voz aguda me recibió de mi sueño: – Papá, vez a traer el pan de muerto, no vaya a venir antes mi mamá con el chocolate y se enoje contigo. – Me incorporé del sofá temblando de miedo.

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